lunes, 23 de mayo de 2011

UNA HISTORIA REAL DE FANTASMAS (tomado del libro 50 Relatos de fantasmas)



DE PARRANDA EN PUEBLA

Hace varios años, unos compañeros de mi hermano con sus respectivas novias y demás amistades andaban de parranda en Puebla; se fueron un fin de semana en tres autos. Se divirtieron mucho y regresaron a la Ciudad de México por la noche.

Federico, quien venía manejando y dirigiendo la caravana, tuvo un accidente, el cual por fortuna no tuvo fatales consecuencias, sólo la impresión de vivir un hecho sobrenatural.

“Veníamos de Puebla, era domingo, de madrugada. Yo venía despacio, no tan rápido porque estaba guiando a un amigo que a penas estaba aprendiendo a manejar y no sabía bien el camino. En mi auto y de copiloto, venía mi novia, y atrás mi hermano y un primo. Todo marchaba con normalidad, platicando sobre lo mucho que nos habíamos divertido.

Mientras estábamos haciendo planes para el siguiente fin de semana, -porque una amiga cumplía años y queríamos festejarle- observé como a cien metros a una mujer parada en medio de la carretera. La verdad se me hizo muy raro porque no vi que hubiera algún carro parado, descompuesto, sólo estaba ella vestida de blanco, con un semblante pálido y con el cabello largo, oscuro.

Cuando tú ves a una mujer en medio de la carretera a eso de las tres y media de la madrugada, o te va a asaltar, o a pedir ayuda. Pero conforme más me acercaba, ella no hacía por pararme o indicarme algo. Mi novia en ese momento se espantó y me dijo…¡písale porque de seguro es la muerte! La verdad todo fue muy rápido y por más que trate de esquivarla, la atropellé. Me enfrené y sentí cómo pasamos por encima de la mujer, incluso del golpe mi hermano brincó y se pegó en la cabeza.

En seguida nos paramos, y también mis demás amigos. El que venía al final me preguntó que porqué nos habíamos parado, que si estaba fallando mi carro. Le respondí ya casi llorando: “No…¡atropellé a una mujer!. -¡Pero nosotros no vimos nada! Me dijo el que venía siguiéndome. –Sólo vimos que brincó el carro pero ya.

Tomamos unas linternas y comenzamos a buscar el cadáver, pero no hallamos nada. Buscamos y buscamos y ni rastros de sangre, ¡Nada! Me tranquilizó un poco saber que no había matado a nadie, pero sí me dio mucho miedo. Pero la prueba de que realmente nos pasó algo, fue que por abajo el auto quedó abollado”.

No hay comentarios: