martes, 2 de octubre de 2012

LA DAGA DE PLATA


La leyenda tiene su origen en el estado de Puebla y, de acuerdo a quien la cuenta, ocurrió un dos de noviembre, día de los fieles difuntos. Los protagonistas fueron cuatro jóvenes que, buscando vivir emociones fuertes, decidieron ingresar al cementerio municipal alrededor de la media noche, la hora en que las almas en pena salen de sus tumbas.

Antes de meterse al camposanto, un señor -amigo de ellos- les platica que en su juventud había hecho lo mismo, pero que en aquella ocasión él fue el único de sus amigos que se atrevió a ingresar a lo más profundo del cementerio, donde había una tumba con lápida de madera.

-Es la más antigua de este cementerio, es la única que está así –dijo el señor.
Enseguida retó a los jóvenes que hicieran lo mismo, y aquel que se atreviera, recibiría un premio por su valentía. La forma en que él sabría que efectivamente uno de los jóvenes había igualado su proeza, era clavando una daga de plata que él les entregaría.

Los cuatro chicos aceptaron con gran entusiasmo, tomaron la daga y se marcharon al cementerio. Era una noche perfecta para vivir una experiencia de este tipo. Tuvieron que esperar a que oscureciera y que el velador se durmiera en su casita que tenía a la entrada; cuando creyeron que era el momento adecuado, ingresaron.

A los pocos minutos de estar ahí sintieron miedo. La oscuridad de la noche, el viento que soplaba con fuerza, el frío que se sentía, hicieron que los muchachos comenzaran a imaginarse mil cosas, a  sugestionarse al grado de inclusive escuchar lamentos que venían de todas partes.

-¿Quién será el valiente que clave la daga en la cripta al fondo del cementerio? -preguntó uno de los muchachos con nerviosismo.

Hubo un largo silencio. El mayor de ellos llamado Joaquín, al ver que nadie se animaba, tragó saliva y dijo: “Yo no tengo miedo, ¡Dámela!”.

Joaquín tomó la daga y la metió abajó de su gabardina, se acomodó bien la bufanda que traía –la temperatura había bajado más- y comenzó a caminar lentamente. A cada paso que daba, la oscuridad se hacía mayor. El joven sintió que entre las tumbas le saldría algún fantasma, quizá algún demonio que le reprocharía su estancia en el cementerio. Joaquín trató de tranquilizarse y siguió caminando, no quería quedar como un cobarde ante sus amigos, aunque de buena gana quería salir corriendo.

El valiente joven siguió avanzando hasta llegar a la tumba indicada, por fin lo había logrado. Al voltear a donde seguramente estarían sus amigos, éstos ya no estaban, o al menos ya no se veían. Joaquín sacó con nerviosismo la daga de plata que le fue entregada, y con toda fuerza la clavó en la tumba.

Joaquín seguía nervioso, pues a pesar de que ya había cumplido con su misión, faltaba el regreso. Dio unos pasos y sintió que “algo” lo había detenido por el cuello. ¡El joven dio manotazos en el aire pero no había nadie! Ya no resistió más y cayó al suelo.

A la mañana siguiente, el señor que había hecho la apuesta con los jóvenes, fue temprano al panteón para ver si estaba la daga clavada en la tumba. Pero no sólo encontró la daga, sino a Joaquín tirado a los pies de la tumba, ¡muerto!

La daga al momento de ser clavada en la tumba, atrapó la bufanda de Joaquín en la lápida, y éste, al creer que algún ser de ultratumba lo había capturado, le dio un infarto.  
   
Existe otra versión de esta leyenda, donde en lugar de clavar una daga, era un simple clavo. De a cuerdo a la otra historia, los hechos ocurrieron en el tan famoso panteón de Belén de Guadalajara y sus protagonistas fueron estudiantes de medicina.

El final es igual de trágico, con la variante de que el joven que ingresó al cementerio no muere de un paro cardiaco, sino que se desmaya y es rescatado por sus amigos que lo llevan de urgencia al hospital civil de Guadalajara, donde queda en coma por varios días. Al despertar –dice esta versión- queda loco para el resto de su vida.    

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