sábado, 27 de abril de 2013

LA CASA MALDITA DE GEORGIA


Aunque una persona no crea en fantasmas o demonios, es posible que reciba un buen susto si, de repente, se encuentra en un lugar donde existe una entidad o un ser maligno. En general, este tipo de manifestaciones se presentan en casonas antiguas, hoteles, barcos y en teatros; los escenarios son variados, pero las experiencias son iguales de escabrosas. En esta ocasión, hablaremos de dos casas que marcaron un parte aguas en la investigación paranormal.

LA CASA MALDITA DE GEORGIA

La casa a la que nos referimos se encuentra en el poblado de Oakville, en Georgia, Estados Unidos. Tal fue la magnitud de este caso, que fue informado por el diario “San Francisco Examiner” en 1891. Los protagonistas de esta espeluznante historia de horror fueron la familia Walsingham, y un joven de nombre Horacio Gunn.

La familia Walsingham, compró esta casa sin saber la historia del inmueble. En realidad no existía una historia trágica o anormal; lo único que recuerda el padre de familia, es que al llegar a esta casona, en el jardín, había encontrado unos huesos, los cuales echó al pozo con cal.

Las manifestaciones paranormales se dieron a los pocos días de haberse mudado los Walsingham a su nuevo hogar. Estas manifestaciones se fueron dando poco a poco, creyendo en un principio que se trataban de bromas pesadas por parte de los vecinos; además los Walsingham no eran supersticiosos, ni creían en fantasmas.

Pronto cambiarían de parecer cuando de forma inexplicable se azotaban las puertas, se caían las sillas, escuchaban lamentos, etc. Pero lo anterior palideció cuando cierta noche, el perro de la casa, “Don César”, comenzó a ladrar muy fuerte hacia una pared, con los pelos erizados; de repente el animal fue lanzado hacia atrás, y al revisarlo su amo, descubrió que tenía el cuello roto.

La segunda experiencia espeluznante la vivió Amelia, la hija menor del matrimonio. Amelia, antes de dormir, tenía la costumbre de cepillarse el cabello. Mientras lo estaba haciendo, sintió una mano sobre su hombro; ella creyó que se trataba de su mamá, pero al mirar al espejo, sólo vio su cara y una mano de hombre que posaba sobre su brazo. Amelia comenzó a gritar y cuando la familia llegó a su auxilio, la mano había desaparecido.   

De nueva cuenta, el padre de familia sería testigo de un hecho sorprendente. Después de una tarde con lluvia, el señor Walsingham quiso salir a caminar por el jardín, pero a los pocos minutos de iniciar su caminata, se dio cuenta que no estaba solo, pues las pisadas de un hombre se marcaban en el pasto.

Ante estas manifestaciones, los Walsingham habían decidido mudarse. Decisión que fue apresurada cuando en una cena, con varios invitados, tuvieron la peor de las experiencias. Durante la velada, habían escuchado lamentos provenientes de la parte superior de la casa. No le prestaron mucha atención porque no era algo nuevo; lo nuevo vino después, cuando del techo comenzó a caer sangre.
Rápidamente el señor Walsingham, acompañado de algunos invitados, subieron a la habitación donde provenía el vital líquido. Levantaron la alfombra y no encontraron nada; levantaron la duela y tampoco; sin embargo, las gotas de sangre seguían cayendo. La sangre fue analizada por un experto y determinó su autenticidad.
 
Los Walsingham se fueron de la casa y ésta cobró cierta fama en la localidad como un “lugar turístico”. La gente a menudo visitaba esta casona, pero no por las noches, pues era ampliamente conocida su historia de fantasmas.

A pesar de esto, un joven llamado Horacio Gunn, decidió aceptar la apuesta de sus amigos: “quedarse 24 horas en ella”. A Horacio se le hizo fácil aguantar unos “sustos” pero tal fue su suerte que a la mañana siguiente, fue hallado inconciente en el suelo.

Tiempo después, cuando Horacio ya estaba recuperado, relató a sus amigos que al caer la noche, intentó encender la chimenea, así como unas lámparas, pero le fue imposible. Al encender un fósforo, “alguien” se los apagaba. Pensó en salirse de la casa pero por orgullo se aguantó el miedo.

Después, no ocurrió nada anormal, incluso ya estaba dormitando en un habitación, pero fue cuando de repente la actividad paranormal comenzó. Escuchó cómo una persona subía y bajaba las escaleras corriendo; también se escuchaban lamentos. Todo esto duró una hora y después cesó abruptamente. Ya casi de madrugada, vino lo más fuerte, que fue la aparición de una cabeza decapitada; Horacio no logró identificar si se trataba de una mujer o de un hombre, pero que estaba sufriendo era un hecho.

Horacio estaba convencido que por esa noche ya había sido suficiente y, cuando se dirigía tambaleante a la salida, una mano helada lo tomó por el pie y provocó su caída. Después sintió las manos por el cuello y fue cuando se desmayó. Sus amigos lo encontraron a la mañana siguiente con unos moretones en la garganta. 

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