miércoles, 22 de enero de 2014

LEYENDAS DE MÉXICO: LA DAMA ENLUTADA (SLP)


LA DAMA ENLUTADA

Sin duda, el caso más popular de apariciones en la carretera es el de LA DAMA ENLUTADA. Un relato escalofriante cuyo protagonista es un taxista y que, curiosamente, narra un fenómeno que sigue presentándose en diferentes partes de nuestro país, pero con diferentes espectros
.
Hay que recordar que fantasma y espectro no es lo mismo. Fantasma es una sombra, una imagen borrosa que sólo por su tamaño y silueta se puede determinar a quién pertenece, si a un niño, mujer u hombre; espectro o aparecido, es la manifestación de una persona muerta que, aparenta estar viva; no sabemos de su muerte sino tiempo después, cuando algún familiar o amigo de éste nos lo informa; en otros casos, la persona se entera inmediatamente y de una forma sorprendente, como veremos en el relato de la Mujer Enlutada.
Retomando esta leyenda, hay que tomar en cuenta que todas las leyendas se alimentan de hechos reales, aderezados con elementos fantásticos. Conforme pasen los años, se le agregarán o quitarán elementos, pero la esencia del relato será el mismo.
Existen, por ejemplo, dos versiones de esta leyenda. La más popular, y que por años se creyó la única, es la que se publicó en el libro Leyendas Potosinas (1984) escrito por Mariano Aguilar; ésta atribuye los hechos al taxista potosino Abel Morales en los años ochenta. 

En resumen, se narra lo siguiente:
Era el mes de noviembre, Abel había trabajado por espacio de cinco horas y eran alrededor de las dos de la madrugada; su último cliente lo dejó a orillas de la ciudad, muy cerca del templo de El señor del Saucito, que por cierto se encuentra muy cerca de un panteón que lleva el mismo nombre.
Cuando Abel ya estaba por regresar a su hogar, una mujer le hizo la parada y le pidió que la llevara a diferentes templos. Abel le explicó que a esa hora no había iglesias abiertas, pero ella le insistió diciéndole que no quería entrar a éstas, sino rezar a sus puertas. Sin mayores argumentos, el taxista la llevó a siete iglesias y, cuando fueron a la última, la dama –que no se le veía el rostro porque traía un velo negro- le pidió que la regresara al lugar donde la había subido.
Cuando llegaron a su destino, la dama le dijo que no traía dinero, pero que su hermano, el licenciado Mario Palomares le pagaría todo. Para que no tuviera ningún problema, ella le entregó una medalla de oro, la cual llevaba su nombre: Socorro; además le dio una carta para Mario Palomares.

El taxista las tomó de mala gana y las guardó en la bolsa de su pantalón. Arrancó el auto y se dirigió al lugar donde la dama enlutada había subido; al llegar a este sitio, Abel se orilló y detuvo el vehículo para que su pasajera bajara. Pasaron unos segundos y no escuchó que la puerta de su taxi se abriera o se cerrara, miró 
por el espejo retrovisor y vio que la mujer ya no estaba.

Abel pensó que por el cansancio no escuchó a la señora bajarse del auto, pero a la vez no se le hizo lógico, ya que por muy cansado que estuviera, cualquier sonido, por demás silencioso que fuera, es apreciable a esa hora de la madrugada.

El taxista decidió regresar a su casa, ya había sido demasiado por esta noche. Sin embargo ocurrió algo más extraño y es que, Abel a pesar de su cansancio, no pudo dormir esa noche, reflexionando en lo vivido con esta mujer enlutada.

Al día siguiente, el taxista tomó las cosas que le entregó la dama enlutada y se dirigió al despacho de Mario Palomares; eran alrededor de las once de la mañana. Abel pidió hablar con él y cuando lo tuvo enfrente, le dijo que la noche anterior había llevado a su hermana Socorro a varios templos para que rezara; además del relato, le entregó la medalla de oro y la carta.

Mario leyó cuidadosamente la carta y aceptó pagarle por el servicio prestado, pero antes de que le entregara el dinero, le dijo que era su obligación informarle que su hermana Socorro tenía dos meses de muerta. Ante tal noticia, Abel rechazó el dinero que le ofrecían y se marchó a su casa; dos meses después el taxista murió de la impresión. 

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